En el nombre de Allah, Misericordioso y Clemente
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Siempre he sido consciente que dentro de un aula de infantil todo, absolutamente todo, tanto bueno como malo que ocurra, es responsabilidad del maestro. Es decir. En ocasiones nos conformamos después de un par de intentos con decir “¿qué le voy a pedir al niño si mira la familia cómo es? ¿es que la pobrecita no da para más?… y frases por el estilo cuando no encontramos la solución acertada a un problema de aprendizaje en el aula. Y digo de aprendizaje porque independientemente de en el ámbito en el que se desarrolle la problemática todo influye directamente en el aprendizaje.
Bien, dicho esto, ¿no somos los maestros los encargados de ofrecer a nuestros alumnos las habilidades, estrategias y destrezas necesarias para enfrentarse a la vida, a la sociedad, al grupo de iguales, a los conflictos que se le puedan plantear?
¿Cómo entonces podemos conformarnos con excusas tan vanas que incluso nosotros mismos inventamos?
Es cierto que en la educación de un niño influye y se requiere un trabajo continuo entre la familia y el maestro. Pero dentro de ese trabajo de apoyo, el maestro tiene la responsabilidad de “enseñar”, si es necesario, a las familias. Al igual, que las familias tienen la obligación de poner en práctica en casa lo aprendido y de apoyar al maestro y a sus hijos a lo largo de la construcción de su aprendizaje y de su vida.
Por tanto el maestro, bajo mi humilde opinión, debe cumplir varias misiones:
- El maestro no está para trasladar sus conocimientos a los alumnos. Ni tampoco es un mero espectador pasivo. El maestro tiene la obligación de ofrecer a sus alumnos las herramientas necesarias para que ellos mismos puedan construir su aprendizaje.
- El maestro debe evaluarse continuamente a sí mismo y a las actividades, tareas y juegos planteados para poder estar seguro de responder a las necesidades, características, intereses e ideas previas de sus alumnos.
- El maestro debe colaborar con la familia para que los logros de los alumnos sean globales y reales, y no se centralicen únicamente a la escuela.
Con todo esto, lo único que quiero decir, es que la batalla nunca está perdida mientras no se juegue hasta la última carta. Un buen maestro nunca debe darse por vencido y nunca debe exigir lo mismo a todos sus alumnos. Pese a las incompatibilidades en ayudas, personal y recursos materiales que podemos encontrarnos en la educación actual, nunca podemos trazar una línea a la que queremos que todos lleguen o de la que no queremos que ninguno baje. Debemos hacer un esfuerzo por ofrecer una educación de calidad y para ello se requiere de una educación individualizada.
Todo lo que hasta ahora he escrito en este post, sé que a la mayoría de vosotros os va a sonar a sueño, a teoría y que muchos diréis…. Es que la realidad del aula después es otra muy distinta”…. y tenéis razón. Pero precisamente por ello debemos hacer un esfuerzo.
Un maestro tiene en sus manos una pastilla de arcilla que depende de cómo moldee se fracturará o no en el futuro. Tenemos en nuestras manos a la sociedad del futuro de la que nosotros mismos dependeremos y que gobernará nuestro país. Eso es una responsabilidad y un deber social lo suficientemente grande para que todo esfuerzo merezca la pena. Ser maestro no es una profesión…. es una vocación, un estilo de vida.
Siempre he sido consciente que dentro de un aula de infantil todo, absolutamente todo, tanto bueno como malo que ocurra, es responsabilidad del maestro. Es decir. En ocasiones nos conformamos después de un par de intentos con decir “¿qué le voy a pedir al niño si mira la familia cómo es? ¿es que la pobrecita no da para más?… y frases por el estilo cuando no encontramos la solución acertada a un problema de aprendizaje en el aula. Y digo de aprendizaje porque independientemente de en el ámbito en el que se desarrolle la problemática todo influye directamente en el aprendizaje.
Bien, dicho esto, ¿no somos los maestros los encargados de ofrecer a nuestros alumnos las habilidades, estrategias y destrezas necesarias para enfrentarse a la vida, a la sociedad, al grupo de iguales, a los conflictos que se le puedan plantear?
¿Cómo entonces podemos conformarnos con excusas tan vanas que incluso nosotros mismos inventamos?
Es cierto que en la educación de un niño influye y se requiere un trabajo continuo entre la familia y el maestro. Pero dentro de ese trabajo de apoyo, el maestro tiene la responsabilidad de “enseñar”, si es necesario, a las familias. Al igual, que las familias tienen la obligación de poner en práctica en casa lo aprendido y de apoyar al maestro y a sus hijos a lo largo de la construcción de su aprendizaje y de su vida.
Por tanto el maestro, bajo mi humilde opinión, debe cumplir varias misiones:
- El maestro no está para trasladar sus conocimientos a los alumnos. Ni tampoco es un mero espectador pasivo. El maestro tiene la obligación de ofrecer a sus alumnos las herramientas necesarias para que ellos mismos puedan construir su aprendizaje.
- El maestro debe evaluarse continuamente a sí mismo y a las actividades, tareas y juegos planteados para poder estar seguro de responder a las necesidades, características, intereses e ideas previas de sus alumnos.
- El maestro debe colaborar con la familia para que los logros de los alumnos sean globales y reales, y no se centralicen únicamente a la escuela.
Con todo esto, lo único que quiero decir, es que la batalla nunca está perdida mientras no se juegue hasta la última carta. Un buen maestro nunca debe darse por vencido y nunca debe exigir lo mismo a todos sus alumnos. Pese a las incompatibilidades en ayudas, personal y recursos materiales que podemos encontrarnos en la educación actual, nunca podemos trazar una línea a la que queremos que todos lleguen o de la que no queremos que ninguno baje. Debemos hacer un esfuerzo por ofrecer una educación de calidad y para ello se requiere de una educación individualizada.
Todo lo que hasta ahora he escrito en este post, sé que a la mayoría de vosotros os va a sonar a sueño, a teoría y que muchos diréis…. Es que la realidad del aula después es otra muy distinta”…. y tenéis razón. Pero precisamente por ello debemos hacer un esfuerzo.
Un maestro tiene en sus manos una pastilla de arcilla que depende de cómo moldee se fracturará o no en el futuro. Tenemos en nuestras manos a la sociedad del futuro de la que nosotros mismos dependeremos y que gobernará nuestro país. Eso es una responsabilidad y un deber social lo suficientemente grande para que todo esfuerzo merezca la pena. Ser maestro no es una profesión…. es una vocación, un estilo de vida.



